¿Qué dijo Jesús sobre la Eucaristía que fue tan difícil de entender? (Ojo, sigue siendo polémico)

La consagración es el corazón de la misa. Un maravilloso misterio donde toda la Iglesia se une en torno a un par de sustancias que, en apariencia, «lucen sencillas ante nuestros sentidos». A la vez encierran el potente amor de Dios. Él, en cuerpo, alma y divinidad, ha querido fundirse con nosotros, haciéndonos partícipes de sus gracias, favores y voluntad. Él es el Pan de Vida.

 

¿Sabes qué celebramos en Corpus Christi (Cuerpo de Cristo)? Celebramos la presencia de Jesús vivo y resucitado que se hace carne y sangre bajo las sustancias de pan y vino.

 

¡Qué bien le hace a nuestra alma y mente estar plenamente conscientes de que esto se nos da en cada misa celebrada en el mundo!

 

A través de unas sencillas manos sacerdotales, y en medio de nosotros como espectadores, Jesús se nos dona y quiere entrar con su cuerpo real a habitar y llenar nuestro corazón.

 
 
 

El Pan de Vida, el que come de este Pan vivirá eternamente

 

Desde el momento en que el sacerdote posa sus manos sobre las hostias y el vino, y proclama la fórmula que el mismo Jesús pronunció: «Este es mi cuerpo… esta es mi sangre», se ofrece a sí mismo como pan. Ya no lo da, como sucedió en la multiplicación de los panes y peces, ahora se dona a sí mismo. «Yo soy el Pan de Vida… pan que baja del cielo, para que lo coman y ya no mueran» (Juan 6, 48-50).

 

Durante una misa, le escuché al sacerdote la expresión de que «somos mendigos de amor». Una expresión que caló profundamente en mi corazón, y es que, en cierta medida, todos deseamos que nos amen de un modo profundo y eterno. Deseamos un amor que nos cuide, nos cobije y al mismo tiempo nos impulse a dar lo mejor de nosotros mismos.

 

Buscamos ese amor porque, de una u otra forma, nuestro ser ya lo experimentó en el momento en que hemos sido creados. Por ende, ahora buscamos y «mendigamos» ese amor, creyendo que podemos encontrarlo en cualquier parte, pero únicamente en Dios lo podemos hallar.

 
«Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». San Agustín.
 

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna

 

«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?», discutían los judíos entre ellos (Juan 6, 52). Hoy también nos preguntamos: ¿cómo puede ser que ese pan realmente sea cuerpo y corazón de Jesús?

 

¿Cómo puede ser que ese vino, que tiene aspecto y sabe a vino, sea sangre de Jesús? Ciertamente, es algo que nos estalla la cabeza. No comprendemos humanamente este misterio, es algo «de locos».

 

Sin embargo, todo lo que el Señor toca es transformado, ¿cómo no dejarnos tocar por Él a través de su mismísimo cuerpo? Mucho más cuando Él mismo nos ha prometido la vida eterna si «comemos su carne y bebemos su sangre».

 

Jesús es ese amor que buscamos. El que está «escondido» en un pedazo de pan, que se nos dona diariamente en la Eucaristía y da vida en abundancia para llenarnos de alegría que perdura.

 

Nos ayuda a no desfallecer ante las adversidades, se nos entrega para no caer, para no rendirnos, para llenarnos de fuerza y fortaleza. «El pan que yo daré es mi carne, y lo daré para la vida del mundo» (Juan 6, 51).

 
 
 

Este lenguaje es muy duro. ¿Quién querrá escucharlo?

 

En el momento en que Jesús pronuncia estas palabras, sus discípulos, muy confundidos, expresan unos a otros que las palabras eran muy duras, muy difíciles de entender y de asumir. ¿Cómo se puede digerir algo así? A partir de ese momento, muchos se marcharon y dejaron de seguirlo. Lo que estaba ahí en juego no era propiamente la Eucaristía, sino la elocuencia de Jesús y el sentido de estas frases. Y Jesús les pregunta: «¿Les desconcierta lo que les he dicho?» (Juan 6, 61).

 

Hoy nos hace esta misma pregunta a ti y a mí: ¿Te desconcierta lo que te he dicho?, ¿te desconcierta que esté presente en la Eucaristía?, ¿prefieres marcharte y alejarte? ¡Sí, este lenguaje es muy duro!

 

Es aquí donde entra el papel fundamental de la fe, que es creer precisamente en lo que no vemos y que, aun así, notamos las maravillas que Jesús hace en toda persona que se acerca a Él.

 

La firme creencia de que su palabra escrita es verdaderamente palabra de Dios, viva, real y eficaz; estudiar sobre los milagros eucarísticos y hacer visitas frecuentes al Santísimo nos ayudarán a abrir nuestros sentidos para aceptar y asumir esta realidad, aun cuando nuestro corazón y mente por momentos duden. Porque, aunque llevemos mucho tiempo con Dios de la mano, no dejamos de flaquear y dudar; nuestra carne es frágil.

 

Dispongamos nuestro cuerpo. Abramos nuestros ojos y nuestra mente para conscientemente vivir, tal vez con curiosidad y con la fe del tamaño de un granito de mostaza, este misterio tan sublime. Un misterio donde Jesús nos muestra su grandeza y, al mismo tiempo, su sencillez.

 

Dispongamos nuestro corazón para decirle que queremos ser sus sagrarios. Digámosle que, aunque imperfectos, anhelamos acogerlo para que Él nos ame en plenitud, transforme nuestros pecados, sane nuestras heridas y fortalezca nuestra voluntad.

 
«Todos los pasos que uno da al ir y oír una Santa Misa son contados por un ángel, y entonces uno recibirá de Dios una gran recompensa en esta vida y en la eternidad». San Agustín.¿Cómo puedo yo explicarles la santa misa? La misa es infinita, como Jesús… pregúntenle a un ángel lo que es la misa, y él les contestará en verdad: «Yo entiendo lo que es y por qué se ofrece, mas, sin embargo, no puedo entender cuánto valor tiene». Padre Pío.

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