¿Qué hacer cuando alguien que amas se aleja de la iglesia?

Creo que la mayoría de nosotros en alguna oportunidad hemos experimentado el dolor que nos produce que algún amigo o familiar se aleje de Dios. Surge una necesidad de confrontarlo, a veces no de la manera más adecuada, para hacerle ver el error que está cometiendo, y en el afán de corregir esta situación provocamos tal vez el efecto contrario. Por esto, es necesario detenernos por un momento y reflexionar sobre lo que sería más prudente evitar y lo que sí podríamos realizar. ¡Empecemos!

Tener presente el contexto de la situación

Es importante conocer qué es lo que ha pasado con la persona. Uno no deja de creer porque sí. Es común que, ante un duelo, una enfermedad o una dificultad seria, algunos atraviesen una crisis de fe, pues sienten que Dios de alguna manera es responsable de lo que ocurre, bien sea por acción u omisión. Frente a este panorama, hay que ser muy respetuosos: debemos validar su dolor antes que entrar a dar una respuesta doctrinal sobre el porqué pueden estar errados.

En este caso, sería aconsejable brindar un espacio seguro para expresar ese sentimiento, abrazar esa vulnerabilidad y dar lugar a que el tiempo devele poco a poco todas las veces que Dios se hizo presente, independientemente de que no ocurriera lo que la persona deseaba.

Ahora, también puede ocurrir que el alejarse de Dios haya sido producto de una decepción provocada por algún comportamiento o un antitestimonio dentro de una comunidad de fe. Allí se requiere valentía para aceptar la falta y pedir perdón en nombre de la Iglesia, y trabajar en conjunto para repararla.

Abstenerse de juzgar

Quien ha estado cerca de Dios, por más enojo o decepción que tenga hacia Él, en algún momento sentirá dolor en el fondo de su corazón. De modo que nuestro juicio no ayuda y aumenta más esos sentimientos. Seamos pacientes como el padre misericordioso en la parábola del Evangelio y no señalemos con el dedo a quien ya no va a la Eucaristía o a quien ya no quiere escuchar nada de la Iglesia. Recordemos que lo que hace el otro no está bajo nuestro control, e insistir, regañar o intentar persuadir indispone más.

A continuación, centrémonos en lo que sí podemos hacer y sigamos algunos consejos que nos propone el padre Pat Millea en este video que te dejo por aquí

 

Reconocer el dolor que nos produce

Este es el primer paso, porque no hacemos nada con ocultar nuestra tristeza. El padre Millea nos invita a conectar con lo que significa para nosotros que esta persona a la que queremos esté alejada de Dios, y a entender que nuestra identidad como cristianos no depende de la fe del otro. Nuestro objetivo siempre será seguir acercándonos más a Él.

Orar con confianza

Conocemos el poder de la oración y, como lo señala el padre Millea, Dios es quien verdaderamente conoce el plan que tiene para cada uno de nosotros. Se trata entonces de dejar en sus manos y en su misericordia el retorno de quien se ha apartado del camino. En cada momento con el Señor, encomendemos su corazón y su mente para que Él nunca se aparte, aunque sus labios no lo invoquen.

Ayunar con perseverancia

Realizar un ayuno constante invita a desapegarse de lo material y a reconocer nuestra dependencia de Dios. Dice el padre Millea que ofrecer ayunos, actos de penitencia y obras de servicio por la conversión de quien se ha alejado de la presencia del Padre nos permite no solo interceder por la persona, sino purificarnos más y mejor en bien del otro.

Tener conversaciones sobre la fe

El padre Millea propone conversar sobre diferentes situaciones que hemos visto o escuchado acerca de la fe, sin que necesariamente sean católicas. Lo clave es recordar que vale la pena creer, porque despierta en nosotros una visión esperanzadora de la vida, en la que no dependemos únicamente de nuestras propias fuerzas.

Ser ejemplo de santidad

No hay acción que convoque más a buscar a Dios que el testimonio propio: que la otra persona sienta, a través del trato que le damos, que en nosotros vive el amor, la misericordia y el perdón del Padre. Que los hechos digan más que las palabras.

Espera, no será en tu tiempo, será en el de Dios. Pero ten por seguro que quien lo ha conocido previamente no puede borrar por completo la huella que ha dejado impresa en su corazón. Te comparto esta oración de amor de san Juan María Vianney, un sacerdote que en vida se dedicó a llevar muchas almas a Dios. ¡Hazla con fe, teniendo presente a esa persona, y confía!

Te amo, oh mi Dios.
Mi único deseo es amarte
hasta el último suspiro de mi vida.
Te amo, oh infinitamente amoroso Dios,
y prefiero morir amándote que vivir un instante sin ti.
Te amo, oh mi Dios, y mi único temor es ir al infierno,
porque ahí nunca tendría la dulce consolación de tu amor.
Oh mi Dios,
si mi lengua no puede decir
cada instante que te amo,
por lo menos quiero
que mi corazón lo repita cada vez que respiro.
Ah, dame la gracia de sufrir mientras te amo,
y de amarte mientras sufro,
y el día que me muera,
no solo amarte, sino sentir que te amo.
Te suplico que, mientras más cerca esté de mi hora final,
aumentes y perfecciones mi amor por ti.
Amén.

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